martes, 9 de febrero de 2016

LA BATALLA DE LOS POLIZONES - II

En memoria de Iñaki Almandoz, 
quien peleó, valiente capitán, esta batalla. 

"Quiero escarbar la tierra con los dientes, 
quiero apartar la tierra parte 
aparte a dentelladas secas y calientes.  
Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera 
y desamordazarte y regresarte.” 

Miguel Hernandez, Elegía a Ramón Sijé 



Imagínense lo que ocurrió a partir del momento en que todo dependía de que un policía, cuyo jefe escribía las líneas que la semana pasada transcribíamos, asumiera el riesgo de ser acusado de estar “induciendo y en algunas ocasiones forzando “ a los polizones “ a que pidan entrar en España o que soliciten asilo” bajo la impresión de su ecuánime jefe de entrar en un “juego, irresponsable e impune, apelando a un dudoso altruismo”: pues nadie, y digo nadie, pedía asilo ni refugio ni nada parecido, si era a través de los oídos de un policía del puerto de Valencia. 

La sociedad civil empezó a movilizarse para impedir ese atropello, y la cosa consistía en colarse en el barco antes de que llegara la policía, pero claro, para eso teníamos que saber con antelación que había un polizón en el barco. Como el capitán avisa al primer puerto al que va a arribar en cuanto se descubre un polizón, si alguien está casualmente en la misma honda de transmisión, pues se entera. Recuerdo que en aquella ya lejana época yo trabajaba en CCOO y los compañeros del Puerto, que tenían la radio encendida con los canales que se usan para organizar las entradas y salidas de puerto y todas esas cosas, se enteraban antes que nadie, y nos avisaban. Y allí que íbamos a recibir al barco, a subir corriendo, a pedir entrevistarnos con el polizón, y si contaba alguna historia de no dormir le rellenábamos la solicitud de asilo y la presentábamos, exigiendo el inmediato desembarque. 

Cuando inventaron un sistema para también saltarse esto e impedir a los compañeros del sindicato enterarse, aún tuvimos un “garganta profunda” que sospecho que era un guardia civil, que nos avisaba a través de Amnistía Internacional y conseguímos intervenir en algunas ocasiones más. 

Los argumentos que nos tuvimos que llegar a oír entraban en lo patético: “es que Ud no puede subir al barco porque no es territorio nacional, sino de otra bandera”: Verá, es que estamos hablando de un tema de derechos humanos, y por tanto de orden público, con lo que se puede meter la bandera del barco donde le quepa, pero yo subo al barco porque soy abogado y ese señor es un posible solicitante de asilo; es que “no tienen sentido de estado” (como le soltó un poli a Javier Galparsoro), sentido por el cual se supone que tendríamos que colaborar en pisarle el cuello al solicitante de asilo en lugar de acogerlo; es que “el capitán no autoriza su entrada”, cosa que decían siempre que conseguían llegar antes, curiosamente, aunque el capitán no ponía nunca ningún problema si los que llegábamos primero éramos nosotros. 

El asunto llegó a manos del Defensor del Pueblo, quien instó al Ministerio a regular este despropósito con arreglo a las leyes, garantizando el derecho de estas personas a ser oídas y asistidas por un abogado independiente. Como resulta de esa instancia el Ministerio dictó una última instrucción de 28 de noviembre de 2007 en la que se inventaban la siguiente retorcida fórmula: si aparece un polizón en un barco, a lo mejor no quiere bajar en el puerto español, a lo mejor quiere seguir viaje hasta otro país, y como la ley sólo garantiza derechos a quien, como mínimo, expresa su deseo de entrar en España, pues mientras no digan que quieren bajar del barco y entrar en España no hay derecho que valga, se quedan en el barco, y hasta el próximo puerto, el marrón para otro, aquí no entra, ni de coña, amosanda, hasta ahí podíamos llegar, hacerle caso al Defensor, nos han jodido… porque claro, ¿a quién tienen que expresarle en perfecto castellano que lo que quiere el señor polizón de las autoridades españolas es que se le permita entrar en España, y además que de la casualidad que el policía que le escucha en ese momento tenga los oídos abiertos, y no esté pensando en otra cosa y se le pase que ha dicho que quiere entrar? Pues eso, a ese mismo señor policía, imagen viva de la independencia de criterio y del cuidado por los derechos de ese señor, y si hace falta saltarse la órdenes verbales que le haya dado ese jefe tan ecuánime que además tiene tanto cariño a los abogados, pues se saltan, que no le va a pasar nada por ello, que para eso el Ministerio del Interior tiene un sistema de garantías y de protección a sus trabajadores que si se enfrentan a un jefe están superamparados, ¡por supués, dónde va usted a parar, cómo va a poner en duda la actuación de ese probo funcionario!. La instrucción de marras — que hay que ver qué cachondeo y qué risas se debieron echar en el ministerio cuando la redactaron –, pone que se le hace una entrevista al polizón donde se le pregunta de dónde viene, quién es, etc, y que al final se le pregunta que si tiene algo más que decir – y aquí el de risa más fácil no pudo aguantar más y se le escapó la primera carcajada –, y que si no dice expresamente que quiere entrar en España, por no tener, no tiene derecho ni a que se le aplique la ley de extranjería – explosión de risas, retorcijones de vejigas aflojándose de hilaridad, gritos de júbilo –, que ya es tener poco derecho. Y la caterva de infames representantes del estado tuvo su fiesta, y al Defensor del Pueblo le dieron sopas con honda, y a los polizones nada, pues nada recibe quien nada es. No es necesario introducir emoticonos para señalar el sarcasmo. 

A partir de ese momento la estrategia de los hijos de las tinieblas pasó por el silencio. Durante un poco de tiempo conseguíamos enterarnos de que había llegado un polizón a puerto por los periódicos del día siguiente, pero cuando eso nos permitió avisar a compañeros del puerto siguiente de llegada del barco, ni tan siquiera eso. Ocultación absoluta. En años, en muchos años, nadie, y digo nadie, ha recibido asistencia letrada en un barco por haber dicho que quería entrar en España. Se han dado casos de gente que ha subido como polizón en barcos que hacían una línea directa Argelia-España-Argelia, vamos, que no era verosímil aquello de que pretendieran ir a otro lado. Pues ni en esos casos se ha admitido que el polizón haya pedido entrar en España para poder reconocérsele el derecho a la asistencia de un abogado. Ha habido casos de personas que han saltado por la borda cerca de puerto, o incluso sobre el hormigón del muelle. Recuerdo un caso en que saltaron, dos consiguieron huir, pero un tercero se rompió la pierna en el salto. Tampoco se interpretó que ese señor estaba pidiendo que le dejaran entrar en España, se le aplicó la instrucción, y con su pierna rota fue devuelto al barco y sin asistencia de abogado. 

Tan sólo se ha permitido bajar a algún caso en que se trataba de menores de edad, y cuando esa minoría de edad era muy evidente. Otro día hablaremos de las pruebas que se hacen para determinar la edad de una persona, que también sería asunto de mucha risa, si no dieran más ganas de llorar. 

Los intentos de judicializar la cuestión para conseguir que a estas personas se les reconozca el sacrosanto derecho a la tutela judicial, del que forma parte la asistencia letrada, han terminado, de momento, fracasando, enfrentados a jueces que, por lo que se ve, tienen un alto “sentido de estado” y terminan absolviendo a los prevaricadores con mil excusas o avalando sus actuaciones. 

Desde entonces, la batalla la estamos perdiendo, en el silencio del secretismo que ha sabido imponer esta gentuza. Ni tan siquiera sabemos el número de personas. Los últimos datos que estamos consiguiendo vienen de preguntas parlamentarias que a través de diputados amigos dirigimos al Ministerio del Interior, pero qué quieren que les diga: ¿puedo creerme las respuestas de quienes tan alto sentido de la ética demuestran tener, aunque sean en el solemne foro parlamentario?. 

No sabemos cuántos, ni quiénes, ni de dónde vienen, ni a dónde les llevarán, ni si llegarán a algún sitio después de pasar por nuestros puertos. Se conocen casos de personas que han estado meses de periplo por los mares hasta que han llegado a algún puerto que les ha permitido bajar. Casos en que el polizón ha acabado siendo uno más de la tripulación, pero también casos en que no se ha sabido nunca nada más de ellos. Casos en que no habían pedido entrar en España en el puerto de Valencia, pero fíjate tú qué curioso, sí en Barcelona, o en Bilbao, o en Las Palmas. Hay territorios de nuestra piel de toro donde el conflicto es mucho menos… áspero, y donde se asiste a los polizones de una manera racional y lógica, como personas que son, pero en otros reina ese silencio oceánico, esa dolorosa ignorancia. 

Una lección nos da esta batalla, y es una lección moral: si nuestros próceres, nuestros “estadistas” y altos funcionarios son capaces de semejante abyección y engaño, todo por no permitir que se abra una pequeña espita en la impermeabilización de las fronteras, si hasta tal punto les es indiferente el destino de la vida de seres humanos, ¿qué es lo que hemos puesto al frente de tamaña responsabilidad? ¿Qué especie de tenebrosos degenerados dan las órdenes, dictan las instrucciones y disponen de vidas humanas? ¿Qué grandes fallos tiene nuestro sistema que permite que esos energúmenos no sólo no sean castigados, sino que se les condecore por sus servicios? 

Pero seguiremos dando la batalla. Aunque ahora estemos apoquinados por esa opresión callada del silencio y la ocultación, aunque tengamos que esperar cambios de gobierno o sensibilidad, aunque consigamos sólo pequeños pasos que vayan haciendo camino, aunque sepamos que de cada cien casos sólo conseguimos salvar a uno, habrá merecido la pena, y los responsables, que sepan, por hoy, por ayer y por mañana, como dice la canción, “que entre esos tipos y yo hay algo personal.” 

Valencia, a 8 de febrero de 2016.


Pacos Solans

Del blog "El extranjerista"

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