lunes, 29 de febrero de 2016

LA LARGA BATALLA DE LOS CIES - I


El historiador, como su hermano el arqueólogo, desentierra, limpia, desempolva, los hechos del pasado, y siente en cada hallazgo el placer del descubrimiento, el privilegio de ser vehículo oportuno del saber y del conocimiento, desde la antigüedad remota, a los futuros lectores. Quien escribe memorias, sin embargo, se enfrenta a sí mismo, a su papel pasado en ese drama que ha sido su propia vida, y no es descubrimiento sino desvelamiento de lo que quizá sólo él recuerda, lo que cede. Es por ello también desnudamiento, para el que debe vencer un pudor siempre presente, en tantas ocasiones mayor que el que su racionalidad le  promete.

En esta guerra que os cuento ha habido batallas en las que sólo os relato las leyendas de otros compañeros, las hazañas y gestas inevitablemente mitificadas por el tiempo, de compañeros que ensuciaron sus botas en trincheras a veces lejanas y que luego me narraron a mí, o cuya narración recibí de otros. Esta batalla, sin embargo, comienza con una escaramuza en la que tuve un protagonismo ni querido ni buscado, que tuve que abandonar después mecido entre la sensación de orgullo y de fracaso. Orgullo por haber sabido comenzar, pero fracaso por no haber sabido terminarla.

Los comienzos nos dejaron un agridulce sabor, y del error de pensar que el aluvión de lucha y de trabajo que supuso la Regularización de 1991, sería preludio de una paz duradera, ya habíamos caído. Nada más tonto que pensar entonces que la lucha iba a ser corta y había sido vencida, aunque éramos jóvenes, ingenuos, y eso nos excusa. Ya llevaba dos años largos  trabajando con inmigrantes en un incipiente CITE de CCOO, cuando empecé a interesarme por la situación de los extranjeros que estaban en el Centro de Internamiento de Extranjeros de Zapadores. Una pequeña – entonces no la vivimos así – crisis de refugiados venidos de Ceuta y encerrados en el CIE nos acercó a ese centro desconocido y arcano. Algún funcionario más sensible se acercó a mí a decirme que deberíamos hacer algo con lo que allí ocurría.

Lo poco que podía indagar, los testimonios de gente que pasaba o había pasado por allí me resultaban difíciles de creer. Estábamos en España, ¡Joder!, han pasado ya catorce o quince años de Constitución, ¡cómo va a ser todo eso posible!. Sin embargo, cuanto más profundizaba, veía que no sólo era posible, sino que todo acompañaba a un sistema donde parecía que no pasaba nada, pero podía pasar todo, pues la clave era y sigue siendo la absoluta opacidad, la ocultación impune.

Un día se presentó en mi despacho alguien que se presentó con la placa de inspector de policía, y yo, que vivía mis primeros choques con ellos y que ya había visto a alguno de lo que era capaz, creo que manifesté en mi cara el sobresalto, porque su primera reacción fue la de tranquilizarme. Algo así como “tranquilo, que vengo en son de paz, y soy amigo”. Y lo fue. Venía a denunciarme las infames condiciones de vida a que se sometía a los presos en el CIE, y a señalarme a los culpables de esa situación: el entonces comisario jefe de la Brigada de Extranjería y el Jefe del llamado Grupo Operativo de Extranjeros, sendos personajes a los que yo había tenido ya el disgusto de conocer, Blanquer y Avila. No sé si alguna vez he sabido sus nombres de pila. Me contó algunas cosas que desconocía y que me aclararon matices e intuiciones que con los años fui confirmando: en 1985, cuando se aprueba la primera Ley de Extranjería por el delincuente Barrionuevo, se crearon los grupos operativos de extranjeros y a ellos se destinó a las mejores piezas de la familia. Alguna anécdota se cuenta con distinta intención de cómo ministros socialistas se cruzaron, ahora con mando en plaza y tratamiento, con funcionarios a su cargo que habían sido antes sus torturadores. El caso es que el Ministerio del Interior mantenía en nómina a todos los antiguos miembros de la Brigada Político Social, que se había destacado en los estertores del franquismo por no ser precisamente muy respetuosa de los derechos humanos. Claro que nuestra sacrosanta transición tuvo aquello, y lo mismo se podrá decir de tantos jueces, militares, embajadores, etc, etc, que en unas ocasiones supieron reciclarse y en otras, digamos que no tanto. Otro día hablaremos de ese gran “matrimonio de conveniencia” que fue la Transición, así, con mayúscula antonomásica. El caso es que estos dos pipiolos eran de esos, y parece que el destino final de muchos de ellos terminó siendo, hasta su honrosa jubilación, el de esos  grupos operativos diseñados y pensados para la persecución y caza de extranjeros. EL CIE, en ese contexto, sólo era la jaula.

Y como algunos buenos amigos me han recomendado que sea más profuso en la publicación, pero más breve en las entregas, os dejo aquí con la intriga de cómo continuó la cosa, y pondremos el clásico “to be continued” de las series de intriga.

Paco Solans
Del blog "El extranjerista"

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