miércoles, 2 de marzo de 2016

LA LARGA BATALLA DE LOS CIES - II


Aquel buen policía me contó también que el CIE era una especie de destino de castigo al que los nadie quería ir, que resultaba deprimente para ellos estar reprimiendo a pobres desgraciados cuando la vocación de la mayoría de ellos estaba en otras cosas, y que esos jefes, altos comisarios y barandas, no sólo habían edificado el edificio de maltrato a los extranjeros, sino que – como buenos franquistas, por muy reciclados que pretendieran estar – tenían una alergia irritativa a todo lo que oliera a sindicalismo o a defensa de los derechos de sus subordinados. Se estableció una alianza natural, dado que resultaba evidente que ayudarnos mutuamente a derribar de sus pedestales a semejantes energúmenos redundaría en beneficios mutuos, y del bien común del Universo mundo. Con la conciencia, además, de no hacer nada malo con nuestro “contubernio”, sino tan sólo denunciar la verdad, tan pesadamente ocultada.

Justo por aquellos tiempos se dio la circunstancia, lejana pero directamente influyente a nuestras intenciones, de que el Tribunal Constitucional dictó la Sentencia en la que se declaró contraria a nuestra norma mayor la llamada “patada en la puerta” y otros artículos de la entonces llamada “Ley Corcuera” — aunque yo la llamo “Ley Gonzalez” o también “Ley PSOE”, porque pese a toda la contestación que tuvo en la calle, y sobre todo, aun con el peso evidente que ha supuesto para el crecimiento de una mayor cultura democrática de este país, no sólo no ha sido justamente derogada, sino que hemos sufrido el intento de hacerla buena a través de la segunda versión de la misma como “Ley Fernandez Diaz”–. Con la Sentencia, Corcuera tuvo que cumplir la promesa que su grandísima bocaza de botarate parlante había lanzado meses antes, preso de suprema arrogancia, la que según parece aún le caracteriza – genio y figura. Muchos le alabaron la dignidad del gesto, aunque no creo que quepa loa de lo mínimo, por desacostumbrado que sea. La dimisión obligó a Felipe Gonzalez a elegir de la terna que el propio Corcuera le propuso, y una vez eliminado de ella, por motivos obvios, al amigo Roldán (esta gente, desde luego, eligiendo sucesores, no tiene precio) tuvo el tino de elegir a Antoni Asunción, procedente de Instituciones Penitenciarias. Pese a que allí había demostrado ser un duro, y pese a que duró más bien poco al frente del Ministerio de lo oscuro, perdón, del interior, tuvo la buena mano de darle un aire algo más respirable. Tengo la teoría personal de que lo que le ocurrió fue que en cuanto se dio cuenta de la caverna en que se había metido (recordemos la maloliente sustancia que rezumaba bajo las alfombras de la casa:  Amedo y Dominguez bajo sueldo, Intxaurrondo, los Gal, la desaparición de Lasa y Zabala, las donaciones de joyas a las esposas de probos funcionarios, y un largo etcétera al que intentó dar discreto — sin éxito — carpetazo su sucesora Margarita Robles), se buscó una excusa rapidita con la que escapar de semejante pozo, del que no veía cómo no salir pringado.

El caso es que en la Comunidad Valenciana, donde habíamos tenido un Delegado del Gobierno que ladraba según desde Madrid le tiraban de la correa, pues dejó de dar ladridos, y hasta el momento de su relevo por el siguiente, sorprendió a propios y extraños mostrando que sabía dialogar. En una reunión a la que nos convocó a las fuerzas vivas y reivindicativas de la inmigración y en la que no podía creer que se tratara de la misma persona, le pedí que nos asegurara a un equipo de abogados vía libre y facilidades de acceso y entrada para poder elaborar un informe sobre las condiciones de vida dentro del CIE. Y me puse a ello con todas las ganas de mis todavía veintitantos y toda la ilusión de un grupo de compañeros dispuestos a colaborar.

No creo que hubiera nadie tan idiota como para pensar que el resultado del informe iba a tener un tono “amable” pero sí estoy seguro que hubo quien pensó que ese abogadillo recién escudillado, bisoño y rojete, iba a hacer una chapuza fácilmente rebatible, y que no se perdía nada con dejarle hacer.

Se equivocaron.

Paco Solans
El blog "El extranjerista"

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