lunes, 11 de abril de 2016

LA LARGUÍSIMA BATALLA DE LOS CIES (Y V)


Tras el paréntesis vacacional — ¡joder, qué falta me hacía! – va siendo hora de poner fin a este largo culebrón en que se ha convertido esta entrada sobre la batalla de los cies. En su propio título ya avisé de que era larga, y consecuentemente allá vamos con el capítulo final y cierre, y a otro tema, que hay para largo.
Como colofón, digo, a este relato de batalla, me pondré un poco más reflexivo, y resumiré mucho lo que me queda de relato. En las anteriores “entradas” me extendí demasiado en un relato en el que asumí un protagonismo – palabra muy desprestigiada, pero que habrá que recuperar, me temo, pues sin ella no se entienden bien ni se articulan otros conceptos necesarios – que me han hecho adoptar un tono casi de memorias, tal y como reflejaba en la introducción.
No puedo dejar pasar el trabajo y esfuerzo de todos los que, antes y después, se han implicado en esta batalla, y han tomado el relevo de ese protagonismo que en su momento tuve que abandonar, por muchas circunstancias.
De antes no conozco más que las iniciativas del Defensor del Pueblo, que obligaron a reformar el CIE ya antes de que yo llegara a conocerlo, o que interpusieron el recurso al Tribunal Constitucional contra el artículo 26 de la vieja Ley de Extranjería. En otro momento y foro trataré sobre ese recurso, la sentencia que le siguió, y las consecuencias seguidas de una tibieza de la misma, políticamente interesada y cobarde, como tristemente es habitual en nuestro más alto Tribunal, precisamente ese destinado a guardar las esencias. El Defensor es no sólo una institución a la que he defendido con denuedo de críticas y desdenes, y cuya relevancia es enorme, si bien su discreción le impide reivindicarse como merecería. Los distintos Defensores que han sido se han dejado imbuir de la entidad de su misión, y si no todos fueron nombramientos dotados de la independencia que se esperaría, lo cierto es que el trabajo diario por los derechos humanos es algo que a nadie puede dejar indiferente, y se han contagiado del entusiasmo de unos equipos dotados de capacidad y sensibilidad.
De después, me perdonaréis que me sienta satisfecho por pensar que aquellos dos informes que elaboré y cuyas vicisitudes he relatado plantaron una semilla que fue retomada por muchos. Pocos años después un nuevo informe de unos compañeros del Colegio de Madrid levantó de nuevo ampollas sangrantes, consiguiendo que la capitalidad les diera una relevancia mediática mayor, pues es de eso de lo que se trata.
El arma de los informes extraídos de testimonios directos de internos, de visitas solapadas, de “cámaras ocultas” es la única manera de sacar a la luz una realidad tan opaca, ocultada, como la de los Cies. CEAR elaboró un informe magnífico que el Sr. Rubalcaba, a la sazón Ministro de Gobernación, les hizo pagar duramente cumpliendo sus amenazas– así son nuestros simpáticos ministros de interior, gente de una ética intachable —  de recortar todo tipo de subvención o apoyo público. Hacerle daño al lado oscuro de la fuerza nunca sale gratis, aunque seas un Jedi de espada ágil.
En los últimos años se han creado plataformas, se han aunado esfuerzos y voluntades, desde organizaciones y desde personas que dedican su tiempo a denunciar la existencia misma de los CIES. Y ese es el camino. Me duele que ese camino sea lento, que seguro sería más rápido si no tuviéramos tanto recelo, tanta desconfianza de nosotros mismos, alimentados por años de manipulaciones interesadas, y también por culpa de tanto purismo asamblearista que pierde la fuerza del martillazo por discutir el material del que tiene que estar hecho el mango del martillo. En el primer encuentro de organizaciones contrarias a la existencia de los Cies lo dije, que se estaba perdiendo una oportunidad de estructurar una organización con un objetivo claro, pero las palabras estructura y organización hay a gente a las que les produce una especie de alergia.
No obstante, y como no quiero pecar del purismo que denuncio, sólo puedo alabar la trayectoria que desde entonces y desde antes, todo un montón de personas han tenido para, sin dejar de ayudar a las víctimas principales, los presos, hacer más visible a la opinión pública la vergüenza suprema que supone para cualquier persona de bien la existencia de esos guantánamos en nuestro territorio. Si creemos en la democracia, el camino para acabar con los CIES pasa en primer lugar por hacerlos visibles a la opinión pública, por explicar que las declaraciones de los políticos cada vez que se atreven a hablar de ellos son mentira, y por rebatirles con números y datos, pero también destapando los muros que ocultan a la gente el sufrimiento gratuito que con nuestro dinero se construye en la esquina de nuestro barrio. Sólo una sociedad idiotizada de miedo y egoísmo, encerrada en la más miserable atonía moral, y perdida de delirio paranoico, si tiene la debida información de lo que son esos centros, sería capaz de tolerarlos.

Paco Solans
El blog "El extranjerista"

No hay comentarios:

Publicar un comentario