miércoles, 8 de junio de 2016

EL ATAQUE CONTRA LOS NIÑOS QUE DEJAN DE SERLO


“Mala gente que camina
y va apestando la tierra”

A. Machado. Cantares.
Después de ver cómo la contrapolítica de extranjería de nuestros gobiernos no respeta ni a los niños, y sostiene esta postura de “hacer la vida imposible” a la gente con los padres de niños españoles, o pisotea toda ética con tal de blindar la cal y el canto con el que quieren cerrar toda posibilidad de entrada en el país, no extrañará mucho la lógica perversa que lleva a lo que vamos a narrar en este capítulo, o entrada, o como queramos llamarlo. Se trata de ver qué pasa en nuestra norma con los niños cuando dejan de serlo, y cómo desde los firmes pulsos de los altos funcionarios que firman sin temblarles la mano las resoluciones con las que se estructura esta debacle sin conciencia, se les empuja con saña hacia el lumpen, hacia el abandono, con la firme intención de llevarlos al agujero de la expulsión. Saquen después sus conclusiones.


Lo intentaré describir sin mucha floritura jurídica para no cansar al personal en general, del que los doctos en derecho nos apartamos cuidadosamente cual secta iluminada por la posesión de un conocimiento arcano, sintiéndonos así estúpidamente superiores, o manejando los hilos a nuestro contento y beneficio.
Ya vimos de qué son capaces con tal de no reconocer que un niño es un niño, es decir, un menor, alguien menor de 18 años y por ello privado de un importante paquete de derechos sobre todo de capacidad de decisión, pero al que se le compensa con una protección excepcional. Y ello no es por capricho: si se pudiera tratar a un menor con la misma impunidad que a un mayor, a nadie se le daría una higa la edad que tuvieran. Lo que ocurre es que nuestro Estado, que se dice desarrollado, civilizado y democrático, firmó la Convención internacional de derechos del niño, y otros tratados que le obligan a tratar a los chavales con un poco de cuidadín, y no con la brutalidad con la que se trata al resto de los humanos (otro día hablaremos, aunque sea tema de mucha enjundia para este formato, del curioso fenómeno de la creación humana de un estado deshumanizado).
En cuanto un menor es declarado menor, ojo que ahí vamos, deja de ser a todos los efectos nacional o extranjero, y es nada más y nada menos que “solamente” un menor humano. Ya me gustaría a mí que esto fuera tan radical como suena. Luego vienen cantidad de colegios e institutos pidiendo aun el permiso de residencia al chaval para cualquier cosa, o las federaciones deportivas diciendo que sin permiso no hay carnet, etc, etc, pero cuando a la condición de menor se une la de además no tener mayores responsables a los que poderles echar encima la carga del niño, entonces es ese estado deshumanizado el que tiene la responsabilidad, la carga, el deber, de cuidar de él como si se tratara de un buen padre de familia. E insisto: si es de Beluchistán como si quiere ser de Murcia. Es un menor humano, y punto. Ya no estamos en los tiempos de Dickens, y por tanto la sociedad, en un ejercicio no de solidaridad, sino de responsabilidad, debe facilitarle alimento, vivienda, educación, etc, para lo cual las Comunidades Autónomas mantienen una red de centros de menores – ojo: no confundir con centros de internamiento de menores, destinados a menores delincuentes, antaño llamados reformatorios – donde facilitárseles en un ambiente lo mejor posible, según la edad del muchacho o muchacha, esos derechos. Según la edad, la opción más adecuada será incluso una familia acogedora, fórmula a la que algunos héroes anónimos se entregan en expresión de su compromiso de humanidad.
Dado que, de una forma u otra, estos chavales están bajo la tutela (así se llama el tema) del estado, pues claro, estaría muy feo que el propio estado no los tuviera “regularizados” o “legales”, o sea, extranjeros sin permiso de residencia. Porque una de las excepciones a lo que antes decíamos es esta: por muy humanos menores que sean, la paranoia obsesiva de nuestras leyes no puede concebir que dejen de ser extranjeros, y por tanto sin derecho a residir, a habitar, a vivir, a ocupar un espacio, a respirar el mismo aire que nosotros. Solución: les damos permiso para existir y se les adjudica una “autorización para residir”.
Nada malo en ello – pensarán Uds., pues no se trata sino de una fórmula organizativa, e incluso una parte de la responsabilidad que se tiene y de reconocerles el derecho a tener una documentación acreditativa de su identidad y condición. Y aparte de planteamientos muy sesudos que he apuntado pero de los que jamás haré dogma, tienen razón. El problema es la fecha de caducidad, el monumento a la incoherencia.
Tenemos un chaval, pongamos 15 años, acaba de llegar en patera o simplemente ha aparecido en nuestro territorio y no se sabe quién es, debemos creernos cómo se llama de lo que él mismo dice e intuimos de dónde procede por aquello del idioma que habla y de sus rasgos. Se le hace una prueba médica que dice que tiene 15 años, o quizá tiene un documento que hasta dice qué día nació.  Ingresa en un centro cuyos estupendos profesionales procurarán cuidarle, ayudarle a superar los traumas que arrastre –seguramente muchos – a desenvolverse con nuestros idiomas, a ponerse al día en una formación orientada al mercado profesional, a mirar al futuro… hasta el día exacto en que cumple los 18 años o hemos calculado que los cumple.
Ese día es mayor de edad, extranjero, en situación irregular (lo que llaman ilegal), carne de expulsión, cuando no de presidio.
Como la cosa suena muy fuerte, y el tránsito tiene poca vaselina, se le concede una prórroga por un añito, pero ojo, sin autorización para trabajar, y se le dice al chaval: si durante este año consigues una oferta de empleo por un año a jornada completa, consentiremos que te quedes y te daremos los ansiados papeles.
.- ¿Y si no lo consigo?
.- Pues te jodes.
Aquí me imagino a los lectores que tengáis más o menos esa edad, o a los padres de chavales de esa edad, sobre todo en esos casos en que ha sido imposible que el chaval quisiera seguir estudiando y se aventuró a buscar un trabajo. Ojos desmesuradamente abiertos, mandíbula inferior descolgada, la lengua asomando su puntita, en expresión no de mucha inteligencia pero si de otros estado de ánimo: asombro, estupor, incredulidad, acojonamiento.
“¡Con la que está cayendo!” Diréis algunos. “O sea – los incrédulos – que después de todo eso, se les condiciona a permanecer legales a que consigan un trabajo de los que no hay para nadie en un año o en menos, y además sin papeles para ello, o sea, teniendo que decirle al empresario que te haga el favor de acompañarle a llevar y firmar el contrato ante un amable funcionario durante una puta mañana” (efectos especiales: aplíquese al final de esta frase un tono in crescendo de decibelios). “¡Anda ya!” me diréis otros.
Pero así es la cosa. Y alguno pensará que quien diseñó esto no se daba cuenta de que era una forma de condenar a estos chavales – de 19 años ya, si, pero chavales y chavalas – a ser carne de cañón, a terminar, en el mejor de los casos, vendiendo su alma por un contrato, o perdiendo el ansiado permiso en el agujero del tiempo.
Lo peor de esto es que tiene una solución muy fácil, que tienen alternativa, porque pueden hacer que el Reglamento decrete lo más lógico, que es el acceso directo de estos chavales, con su mayoría de edad a una “Autorización de residencia de larga duración con exención de permiso de trabajo” que la Ley permite otorgar a quien reglamentariamente se determine por tener algún tipo de vinculación con España (a. 32.4). Y me pregunto ¿qué mayor vinculación que la de haber sido tutelado como menor por una institución española, cosa que hasta el código civil reconoce como vínculo especial para pedir la nacionalidad?
Claro que pienso que sí, que se daba cuenta, fuera quien fuera, que lo ignoro, y lo sabía, pero que le daba igual. Es más, que si no lo hizo antes y no decreta la expulsión a sus países de todos los niños y niñas, adolescentes más o menos cercanos a la mayoría de edad legal, despreocupándose del destino de miseria, es porque no puede, no le dejan, pero ganas no le faltan. Porque al fin y al cabo, todos esos extranjeritos de mierda cometieron el pecado nefando de no ser europeos, y en la mayoría de ocasiones, encima, son moros, o negros, y en el futuro nos ensuciarán la raza. Porque no habiendo motivo lógico o racional sólo cabe buscar la causa de las cosas en los sentimientos, por inexplicables o irracionales que sean, y la explicación de tanta persecución, de tanto encono contumaz, de tanto esfuerzo y tesón por hacer el mal y por alejar de nosotros a unas personas que ningún mal han tenido aun tiempo de hacer, sencillamente no puede ser otra que el más rastrero, palurdo, majadero, pero peligroso racismo.
Paco Solans
Del blog "El extranjerista"


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