jueves, 13 de octubre de 2016

EL PUERTO

RAFAEL RIVERA

Allá por los años setenta, el poder establecido tenía un proyecto para Valencia, aunque no lo crean. En ese proyecto destacaban tres propuestas destinadas a construir una nueva ciudad moderna, cosmopolita, atrevida, o al menos eso decían. La urbanización del Saler, la autopista por el cauce histórico del Turia, y la otra autopista por las playas de levante y Malvarrosa, eran tres baluartes avalados por las genialidades de la administración y con toda la maquinaria del poder a su servicio.

Pero enfrente se encontraron al vecindario, con pocas armas pero poderosas: el sentido común, la intuición, la convicción y una visión diferente de lo que es una ciudad. Y contra todo pronóstico, el mundo cambió. Se produjo el milagro, la unidad de la ciudadanía (en el sentido más amplio y más hermoso del término) bloqueó las amenazas y recuperó la ciudad para todos. El Saler cambió de rumbo, abandonó aquella idea de urbanización de lujo, con hipódromo, campo de golf y hoteles, y se convirtió en parque natural para regocijo no solo de la gente, también del mundo animal, vegetal y mineral. El viejo cauce del Turia se metamorfoseó y cambió aquel amasijo de carriles y más carriles por un jardín lineal vertebrador. La autopista por las playas del norte, simplemente desapareció en los planos dejando paso a un paseo marítimo de uso colectivo.


Esas tres muestras de sensibilidad urbana cambiaron la ciudad para siempre y la convirtieron en lo que es hoy. Da miedo imaginar lo que habría ocurrido si el poder se hubiera salido con la suya y viviéramos ahora sumergidos en un laberinto de carreteras, coches y paisajes destruidos. Ya ven, disfrutamos de esta ciudad gracias al movimiento ciudadano.

Pero el poder no duerme y el puerto vuelve a reclamar un acceso norte dormido que despierta intermitentemente produciendo pesadillas y planteando un jaque mate al litoral. No importa que las playas del sur retrocedan alarmantemente, no importa que la ZAL fuera un atropello injustificado, no importa el castigo permanente a Nazaret; cuando el puerto levanta la voz, tiembla la ciudad. Hoy, cuarenta años después, hace falta de nuevo que la ciudadanía despierte y vuelva a dar lecciones de sensatez defendiendo un litoral que es de todos. Ahí nos encontraremos.

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