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sábado, 1 de diciembre de 2018

¿QUIÉN MANDA EN VALÈNCIA?


Raquel Andrés Durà  La Vanguardia
Hoy mezclaré el tocino con la velocidad porque esta semana han ocurrido dos hechos inconexos en la ciudad de València que me llevan a la pregunta con la que encabezo esta columna: la resurrección de la Zona de Actividades Logísticas (ZAL) y la (casi) cancelación del espectáculo de Mongolia en La Rambleta.

Primero. La ZAL podrá tener una segunda oportunidad gracias al desbloqueo de lo que hoy es un polígono fantasma efectuado por la Comisión Territorial de Urbanismo. Eso implica descartar definitivamente, si una respuesta masiva de la ciudadanía no lo impide, que la antigua huerta expropiada de La Punta se convierta en el corredor verde natural que uniría los dos Parques Naturales que rodean València: el de la Albufera y el del Túria.

Nos han repetido que la reversión agraria no es viable por todos los frentes, desde Compromís hasta València en Comú; sería extremadamente complicado retornar los terrenos expropiados a sus antiguos propietarios y que estos, a su vez, tuvieran que devolver ahora el dinero que se les dio. Un lío, vamos, que ni Per l’Horta lo ve claro.

Pues no revertimos. Pero cualquiera que haya rodeado la zona por su carril-bici sabrá que la zona tiene un gran potencial para uso y disfrute público. No es difícil imaginarnos ahí a vecinas cultivando sus huertos urbanos, familias compartiendo el domingo en un área de picnic, colegas divirtiéndose en un rocódromo, curiosos paseando por caminos de interpretación de flora... En fin, se me vienen a la cabeza mil cosas provechosas antes que un polígono logístico innecesario, cuando hay tanta superficie libre en Sagunto (¿planeamos como país o nos peleamos entre nosotros, entre ciudades hermanas?).

Nada de esto seduce a las autoridades. El president Ximo Puig -parafraseado al día siguiente por su vicepresidenta Mónica Oltra- fue tajante en la sesión de control del jueves en Les Corts: “No había vuelta atrás posible con la ZAL”. Sabemos que claro que había vuelta atrás posible, básicamente porque el Tribunal Supremo anuló el plan de la ZAL y abrió la puerta a empezar de cero, a iniciar otro plan con una ZAL, con un parque con patos, con una macro-granja avícola, con un polideportivo con piscina olímpica o con un espacio público para todas y todos.

Se pueden cambiar los usos inicialmente planteados en un espacio, y ahí tenemos el ejemplo de La Marina, el circuito de la F1 y los tinglados de la Copa América reconvertidos en espacios culturales o en un skate park.

La cuestión es grave y aunque tanto la Conselleria de Obras Públicas y la Concejalía de Urbanismo del Ayuntamiento de València están pilotadas por socialistas, Compromís tiene mucho que decir. En el consistorio manda el alcalde, Joan Ribó, activista en su día en defensa de La Punta como así lo recordó en una entrevista para La Vanguardia ante mi compañero Salvador Enguix y una servidora: “Cuando se planeaba la ZAL, yo estaba en la Escola d’Estiu de l’Horta y tuvimos algún pequeño conflicto con la policía, me acuerdo perfectamente”.

A estas alturas, con el nuevo plan tan avanzado, me da la sensación de que la única salvación pasa por una movilización masiva de la ciudadania. Lo consiguió ‘El Saler per al poble’ y ‘Riu Verd’ y hoy nadie se atreve a cuestionar que el antiguo lecho del Túria, donde todas las tribus urbanas practican sus actividades lúdicas, tenía que haber sido una autopista.

Entonces, ¿quién manda en València con el asunto de la ZAL? Josep Gavaldà, activista de Per l’Horta, me planteaba esta semana la cuestión: “Mande quien mande, quien decide cómo se hace el territorio es el Puerto de València”.

Segundo. La ultraderecha matona y minoritaria comandada por José Luis Roberto, líder de España 2000, casi consigue que cancelen un espectáculo humorístico de Mongolia en La Rambleta. Ahora le ha tocado a la Revista Mongolia, recientemente lo sufrió Dani Mateo y antes del verano impidieron la actuación de la bandas Ebri Knight y Herba Negra. Las razones son las mismas: la intolerancia del fascismo (perogrullada).

Mongolia decía en un comunicado que les “resulta incomprensible” que España pueda garantizar la seguridad de Mundiales de Fútbol y Juegos Olímpicos, y no de un espectáculo de humoristas en un teatro de titularidad pública. Lo que está claro es que, en este asunto, ha habido un grave error de comunicación que da razón de ser a los grupúsculos ultradrechistas.

El problema no es lo que quiera o deje de querer España 2000. Lo grave es que sus designios se cumplan y que las autoridades, en democracia, no puedan o sepan garantizar la libertad de expresión en València y las empresas privadas prefieran anular los eventos con amenazas fascistas. Por que si no, ¿quién manda en València? Visto lo visto, no hace falta que esperemos a que la ultraderecha entre en los parlamentos para lamentarnos; ya podemos llorar, no necesitan tener escaños.

Al menos, este viernes con Mongolia, ganamos una primera batalla (pero no la guerra) contra la impunidad del fascismo en València. Que siente precedentes.

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